jueves, 10 de mayo de 2007

Allá

Allá estaba: a lo lejos. Tenía su mirada clavada en mí. Me sonreía abiertamente; no había duda de ello. Pasaron los días, los meses. Y allá continuaba. Y allá persistía también su actitud. Mas cuando ya ansioso por abandonar mi sepulcro, decidí por sorpresa acercarme después de tantas horas frente a frente aunque en la distancia, y escasos metros nos separaban, y ya estaba a punto de alcanzar la culpable de mantenernos todavía aislados –una finísima puerta de cristal–, su sonrisa, otrora placentera, se tornó súbitamente nerviosa. Y con un brusco ademán de su mano derecha se apresuró a comprobar que el paño estuviera efectivamente… ¡cerrado! Entonces se dio media vuelta y sin ninguna otra consideración más se adentró hacia adentro hasta que se perdió de mi vista para siempre.

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